Por Agustín Frizzera
Esta no es la fiesta que proyectamos
La transición a la democracia en Argentina, marcada por el fin de la última dictadura militar en 1983, es un momento trascendental en nuestra historia, un mito fundante con el que hemos crecido y convivido todos estos años.
A fuerza de experiencia, estos 40 años nos convencieron de que en la Argentina la alternancia en el poder es pacífica. Tenemos un sistema que garantiza una competencia plural, en elecciones limpias. Aún con opciones limitadas, cada 2 años vota casi el 80% de la población. Y votamos con sofisticación: en Argentina ningún partido es dueño de los votos.
Esta característica es distintiva de nuestra democracia y sigue honrando aquél pacto de resolver nuestros conflictos a través del diálogo y la competencia política y no usando la violencia. Sin embargo, este aniversario no llega en un escenario como el que soñábamos unas décadas atrás. Esta no es la fiesta que proyectamos.
Impulsados por tendencias globales y transformaciones sociales e individuales, aceleradas por la revolución digital, nos encontramos celebrando este aniversario en medio de una atmósfera de insatisfacción democrática. Esta tendencia, aunque generalizada, adquiere una gravedad particular en países latinos, que incluyen a los países de Sudamérica pero también a países como Italia, España o Francia.

Entre las causas de esta insatisfacción, dos factores se destacan. En primer lugar, quienes están insatisfechos creen que “la economía va mal” y que, de alguna forma, tuvieron que resignar bienes o servicios que tenían o querían tener. Nuestras últimas décadas, vieron cómo todas las variables sociales y económicas se degradaron. En comparación, todos nuestros países vecinos tienen menos pobreza que hace 40 años, nosotros tenemos varias veces más.
Así, la gran promesa de 1983, “con la democracia se come, se educa y se cura”, no se realizó. Muy por el contrario, estas personas observan que “los chicos no tienen futuro” y que las generaciones que vienen tendrán menos posibilidades que las generaciones que son relevadas.
La insatisfacción se sella, en segundo lugar, cuando estas personas ven que quienes detentan responsabilidades públicas están despegados de este destino porque “no les importa la gente”. No sólo no les importa, si no que aprovechan su situación de privilegio para atender a sus propios intereses, como clase, como casta. Esta “arrogancia de los políticos”, vistos como distantes, como autónomos, es un componente de enorme peso en la insatisfacción democrática.

La Democracia que Tenemos
La democracia no es solo un sistema político, sino también un proceso de construcción y fortalecimiento de instituciones y derechos. Estos 40 años nos han legado también una cultura democrática, una mentalidad acompañada por la consolidación de derechos humanos y el florecimiento de una sociedad civil activa y muy politizada.
La democracia se corporizó entre nosotros como un estilo de vida que, como tal, implica el respeto a las diferencias con otros, aceptar la pluralidad, preferir el diálogo a la violencia, tomar responsabilidad por las acciones propias, rendir cuentas, comprometerse con el bien común.
Este correlato en la sociedad civil ha implicado que quien saca más votos en una elección no tiene un cheque en blanco para hacer lo que le parezca. En la democracia que tenemos, las mayorías circunstanciales tienen iniciativa sin que eso signifique la descalificación de quien piensa distinto o es minoría.
En Argentina, hemos visto como un presidente que asumió con poco más de 20% de los votos se volvió enormemente popular, a los pocos meses. También, hemos visto a un presidente tomar el poder con casi 50% y quedar relegado a la intrascendencia al poco tiempo.
En nuestra democracia, la legitimidad se construye en el ejercicio del poder y es acá donde nuestro estilo de vida está chocando con las formas y con los plazos del sistema. Hay una descalce entre nuestro estilo de vida democrático, moldeado con la revolución digital, y un sistema democrático que no tiene alteraciones esenciales desde hace 40 años. Lo que le sucede a nuestra democracia es fruto de una asincronia entre leyes, moral y costumbres.

Así, una parte importante de la ciudadanía siente que en este sistema, cuando vota, da un voto de confianza con pocas garantías. Mientras los sistemas de preferencias de su vida se actualizan a razón de minutos, con likes en instagram, servicios al instante usando alguna app, contactos inmediatos por whatsapp, la “democracia” le propone votar una vez cada dos años para elegir gente que nos “represente” durante 729 días.
La #desinformación no es una simple acumulación de mensajes aislados, sino un proyecto político para destruir el espacio democrático. Un sistema, disfrazado de “noticias” o no, que busca la espectacularidad y crear un estado mental de cercanía con su audiencia para que confirmen sus creencias e identidades. A corto plazo, pueden generar el caos y el miedo, pero en el largo plazo, son el terreno para las respuestas autoritarias, capaces de restaurar el ”orden perdido”.
La Batalla Cultural
La conmemoración de estos 40 años de democracia nos brinda la oportunidad de reflexionar, revisar rumbos, reafirmar caminos y evaluar apuestas.
Sin dudas, la democracia argentina tiene deudas con la provisión de bienes materiales para amplios segmentos de la población. Un nuevo pacto democrático debe incorporar bases para el desarrollo que reviertan la “degradación” hacia la “progresión” de las variables sociales, permitiendo a los insatisfechos sentir que, cada día, están “un poquito mejor”.
Sin embargo, esto no es suficiente para reforzar nuestra lesionada cultura democrática. La gran amenaza de los años que vienen es que se disuelvan las metas sociales en pos de la satisfacción de logros individuales. Este es el “cambio cultural” con el que sueñan quienes llegan hoy al poder ejecutivo en Argentina.

No existe una democracia sin una comunidad y una comunidad es mucho más que la agregación de los individuos. Entonces. a la política, si se pretende democrática, le corresponde pensar, crear y auspiciar mecanismos, nuevas instituciones, que funcionen como un complemento al esquema representativo que tenemos hace 40 años.
Abrir las compuertas de las instituciones va a ser la única garantía para sostener a nuestros representantes electos, ante la amenaza cierta de que sean barridos de la escena y reemplazados por agentes privados más rendidores o algoritmos más eficientes. Esta apertura no es moral, no hay que hacerla porque es “buena”, hay que pensarla como condición de supervivencia de lo que llamamos democracia.
La apertura es estratégica. Y, en este punto, habrá que decir que no estamos en cero. Tenemos pistas y hay muchas experiencias de las que podemos partir. Estos años, hemos visto nuevos enfoques en audiencias públicas y presupuestos participativos. Hemos ensayado nuevos mecanismos para el control de gestión. Hemos experimentado nuevas instituciones, conformadas por personas seleccionadas por sorteo, que pueden crecer al lado de las constituidas por voto popular.
La regeneración democrática será imposible sin creatividad, sin imaginación política. Esto es lo que decimos en Democracia en Red, desde hace 10 años, cuando sostenemos que nuestra democracia tiene que cambiar y tiene que agregar más capas, para ser más democrática. Si no, la insatisfacción va a seguir creciendo más y más.

Porque los políticos que ganan elecciones sólo para proveer beneficios individuales nunca podrán dar sentido a nuestras vidas. Una idea de libertad sin propósito y un modelo político simplista sólo harán que la desigualdad crezca, con enormes perjuicios para quienes hoy están insatisfechos.
Escapar de esta visión empobrecida del mundo, contraponer esta idea de libertad estrecha y limitante con la visión de una democracia mejor es la batalla cultural de los próximos años.
Porque nunca ha existido la política sin sueños. Porque volveremos a soñar sólo cuando podamos hacer algo más que ir a votar.
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Autor/a
Agustín Frizzera
Publicado
10 Mayo 2021
Etiquetas
Participación Ciudadana
Desinformación
Democracia
Batalla Cultural